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Por un mundo que sí quiero heredar

Heredo un mundo que no me gusta, una cultura con la que no me siento identificado y un futuro que no me ilusiona.

En menos de un mes muchas cosas han pasado alrededor del mundo. Definitivamente el mundo ya nunca será igual tras este mes. El mundo es otro, en todo sentido.

Llevo dos semanas bastante molesto, pues no sé de qué otra forma responder. Si bien el sentimentalismo de estos días venía desde lo ocurrido en Orlando, acabó de explotar con noticias y vídeos de lo que pasa en mi hogar, en México. Estoy harto de explicar por qué hay manifestaciones en las calles de la ciudad o de dar mi opinión sobre Trump y sus discursos. Y no es porque me moleste tener que repetirlo a cuanta gente me pregunte, es porque me duele tener que explicarlo. Así que hoy escribo, sin tanta referencia académica y sin tanta investigación, simplemente escribo con el llano sentimiento y pensamiento que me ha acaparado en los últimos días.

El verdadero clímax sentimental fue el viernes pasado con los resultados de Brexit. Aunque, como pocos, ya esperaba desde hace semanas este resultado, no por eso me fue menos sorpresivo. Podrán decir que porque no soy europeo no me afecta, que ni me debería de interesar, o bien que ni debería de opinar. Algunos de hecho me han dicho este fin de semana que como a ellos no les afecta directamente pues les da igual. Pero al contrario, me afecta y mucho –y no hablo por lo económico-. Y lo que más me afecta y duele es que sea parte de un movimiento a nivel mundial que actualmente está guiando toda la política, un fanatismo local que limita de forma agresiva todo aquello diferente a él. Ahora bien, no me malentiendan, personalmente soy un gran defensor de la economía local y de la defensa y desarrollo de la cultura local. Pero eso no significa que por defender lo propio deba atacar o eliminar lo ajeno. Critico la globalización como la entendemos porque no creo en un sistema homogéneo para todo el mundo liderado por unos cuantos y que beneficia sólo a esos pocos a costa de mucho y muchos. Critico el sistema económico y político actual porque no creo en la hegemonía de los mercados y en la financialización de la vida humana a costa, de nuevo, de mucho y muchos. Pero no por eso creo en que debamos buscarlo a través de la violencia o del egocentrismo en la solución. Si bien creo que la Unión Europea debe cambiar y le critico que ha oprimido a personas y países en búsqueda de un beneficio económico –bastante enfocado hacia lo neoliberal-, creo que la solución no era salirse sino quedarse con la clara idea de la transformación. Si queremos algo diferente no se trata de decir “cada quien por su camino”, sino de encontrar juntos una solución. A la Unión Europea, como muchos otros organismos internacionales en el mundo, si bien han fallado en mucho, le debemos reconocer que ha logrado actos antes inimaginables como paz entre naciones y diálogos entre visiones diferentes. Y es algo que no debemos de perder en búsqueda de la grandeza de lo propio, sobre todo por una grandeza del pasado y de un nacionalismo estridente. De nuevo, no es deshacer lo propio por enaltecer lo ajeno. Pero tampoco deshacer lo ajeno por enaltecer lo propio. Al final, y me robaré la trillada palabra de la filosofía africana, no hay que olvidar y dejar de vivir el Ubuntu, “Soy porque nosotros somos”.

Me pongo la bandera de la generación que quiere un mundo diferente. Me gradué de la universidad un año después de la crisis del 2008. Mis primeras búsquedas de empleo formal fueron entonces con todo menos con lo que el mundo y el sistema prometía. Entré a trabajar en un mundo que ofrecía recortes presupuestales, retiros imposibles y salarios limitados. Somos la primera generación que no está mejor que la anterior, eso sólo se veía tras una guerra.  Y a ocho años de esa crisis me pregunto, ¿qué ha cambiado? Nada. Al contrario creo que ha empeorado. No nos atrevemos a cambiar y a regular lo que debemos cambiar y regular. En lugar de eso nos vamos por la retórica, por los discursos y por la violencia.

Me resulta increíble que el mismo fin de semana que se apoya la diversidad, se vote por cerrar las fronteras. Los griegos clásicos estarían felices por tan exacto ejemplo de un oxímoron con esto. Entonces, sí al cambio económico, sí a la regulación de bancos y multinacionales, pero no a costa de la gente. Como parte de la generación de la crisis entiendo el objetivo, pero me prende el discurso cerrado. Busquemos la cooperación, el apoyo humano. No a la globalización financiera, pero sí a un mundo formado por la diversidad.  No a los mercados sobre la gente, pero sí a un mundo con equidad y valores, empezando por el respeto, la cooperación y la humanidad.

 

Basta ya de atacar y criticar a quien no se nos parece o simplemente porque no opina igual. Desde jóvenes que atacan gente de la tercera edad porque no apoyan su huelga, gente violentando calles y propiedades ajenas porque creen que es la forma de ser escuchados, gente matando a otros porque simplemente uno no está bien. Gente que está dispuesta a destruir la educación, a los maestros y a los pobres, por tener un poco más de poder y usar la causa para enaltecer un partido, un político o una falsa visión. No estaremos de acuerdo con algunos de los puntos que se discuten en el Pride Parade, no estaremos de acuerdo en el plan propuesto, no estaremos no estaremos de acuerdo con muchas de las formas en las que los gobiernos en todo el mundo por igual actúan. Pero para cambiarlo empecemos por cambiar la forma en la que buscamos el cambio. No copiemos la forma en la que se ha hecho hasta ahora. En su lugar, empecemos a buscar nuevas formas ciudadanas y humanas para transformar el mundo. Al final  no es aceptar todo, no es estar de acuerdo con todo, no es la libertad de todo. Eso no es libertad sino libertinaje, de acuerdo. Eso no es crecimiento humano, sino mediocridad. Pero hay que aprender a dialogar y a vivir el placer del encuentro.  Así que adiós a las etiquetas y a las categorías. Lo digo, y como reto personal, empecemos de nuevo a escuchar y a abrazarnos de nuevo como humanos.

Hoy estoy harto. Harto de los políticos, de los gobiernos y de los grandes poderes que se aprovechan de las causas y de la gente para salirse con la suya. De los discursos y de la falta de intención por en verdad crear un mundo en el que todos podamos vivir cada día mejor. De la gente que cree que la violencia y la defensa de lo sólo propio es la opción. Estoy harto de que creamos que solo violentando podemos encontrar una solución. Y me entristece mucho, demasiado, amanecer cada día en un mundo así.

Pero tengo esperanza. Hace poco haciendo voluntariado en un centro comunitario donde le dan de comer a gente sin hogar, estaba recogiendo los platos sucios tras la cena. Uno de los invitados que había sido su comida en todo el día me pidió que no le recogiera la cuchara. Al preguntarle el porqué me  dijo que era porque siempre tenía esperanza y que quedarse con la cuchara por un rato le ayudaba a ser optimista de que alguien no se comiera su postre y él podría comerlo. Para su suerte, sobró más que un plato de postre así que comió doble. Hoy decido quedarme con la cuchara. Decido de nuevo tener esperanza de que juntos podemos hacer las cosas diferentes y encontrar postres que nos mejoren el día. No tengo duda de que habrá cambios y que hay muchas cosas por transformar. Pero espero que sean por medios diferentes. Medio pacíficos, equitativos y sí radicales, pero porque cambiamos paradigmas por un mejor futuro no por un beneficio sólo personal enalteciendo lo que soy sin escuchar. Medios y fines en los que cooperemos, medios y fines en los que juntos volvamos a buscar una mejor visión para este mundo.

Es cuestión de que cada quien tome su rol y haga su trabajo. No es que sea pelear por más ciudadanos y menos políticos, no es echarle tampoco toda la culpa a uno o varios gobiernos, no es por ver qué discurso revuela más las redes sociales, no es apoyar a unos porque estoy en contra de otros. Es que cada quien haga su parte para en verdad trabajar para el beneficio de todos. Que el gobierno haga su parte, que las empresas la suya, que los ciudadanos participemos activamente y que juntos veamos por un mejor mundo más sustentable, equitativo y humano.

Muchos de los puntos de aquí deben ser detallados, prometo compartir más ideas con más detalle, pues no puede quedarse así sin más. También, quizá y muy probablemente muchas de las ideas que estoy compartiendo estén mal.  Pero esto tan sólo es una breve petición para cambiar la forma de hacer las cosas. Aunque quizá me equivoque por ahora, no quiero callar sino quiero compartir lo que pienso y con lo que sueño para discutir y juntos encontrar un mejor camino. Les pido me ayuden a encontrarlo. Busquemos diálogos, paz y busquemos un mundo que queremos heredar.

Tomar el gobierno siendo representantes locales, tomar la economía ofreciendo caminos y creando quizá nuevas instituciones, tomar los negocios y ser mejores jefes y trabajadores, tomar nuestras escuelas para ofrecer mejor educación, tomar nuestras familias para ofrecer comunidades en las que nos guste crecer y jugar, tomar nuestras ciudades para que podamos vivir nuestra cultura y aprender a apreciar las demás, tomar el mundo para crear nuevas oportunidades. Es tiempo de hacer pequeños cambios en lo cercano pero buscando un bien mayor, a veces lejano e incompresible. Hoy siento que mi mayor fracaso será heredar un mundo a la generación que sigue igual que el que yo recibo. Quiero dejarles un mundo más digno a la generación que siga. Para eso estoy dispuesto a trabajar, aunque quizá yo no veré ese mundo. Pero quiero heredar un mundo diferente, uno que me dé gusto dejar y que no sea el que hoy recibo.

 

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